LIVROS LATINOS II
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'Adulterio' de Paulo Coelho
Narra a historia de Linda que se questiona sua vida ‘perfeita’
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Todas las mañanas, al abrir los ojos para ver el «nuevo día», me apetece cerrarlos otra vez y no levantarme de la cama. Pero es necesario.
Tengo un marido maravilloso, perdidamente enamorado de mí, propietario de un importante fondo de inversión y que todos los años -aunque no le gusta- figura en la lista de las trescientas personas más ricas de Suiza, según la revista Bilan.
Tengo dos hijos que son «la razón de mi vida» (como dicen mis amigas). Muy temprano por la mañana tengo que prepararles el desayuno y llevarlos al colegio -a cinco minutos de casa andando-, donde estudian a tiempo completo, lo cual me permite trabajar y ocupar mi jornada. Después de clase, una niñera filipina cuida de ellos hasta que mi marido y yo llegamos a casa.
Me gusta mi trabajo. Soy una reputada periodista en un respetado periódico que puede encontrarse en casi cada esquina de Ginebra, donde vivimos. Una vez al año voy de vacaciones con mi familia, por lo general a lugares paradisíacos, con playas maravillosas, en ciudades «exóticas» y con una población pobre que nos hace sentir aún más ricos, privilegiados y agradecidos por las bendiciones que la vida nos ha dado.
Todavía no me he presentado. Encantada, me llamo Linda. Tengo 31 años, mido 1,75, peso 68 kilos y me visto con la mejor ropa que el dinero puede comprar (gracias a la generosidad sin límites de mi marido). Despierto el deseo en los hombres y la envidia en las mujeres.
Sin embargo, todas las mañanas, al abrir los ojos y ver este mundo ideal con el que todo el mundo sueña y pocos pueden alcanzar, sé que el día será un desastre. Hasta principios de este año no me cuestionaba nada, simplemente seguía adelante con mi vida, aunque a veces me sintiera culpable por tener más de lo que merezco. Un bonito día, mientras preparaba el desayuno para todos (recuerdo que era primavera y las flores empezaban a brotar en nuestro jardín), me pregunté: «Entonces ¿es esto?».
No debería haberme hecho esa pregunta. Pero la culpa fue de un escritor que había entrevistado el día anterior y que, en determinado momento, me dijo: «No tengo el menor interés en ser feliz. Prefiero vivir de forma apasionada, lo cual es un peligro porque nunca se sabe lo que nos vamos a encontrar más adelante». Entonces pensé: «Pobre. Nunca está satisfecho. Morirá triste y amargado». Al día siguiente me di cuenta de que yo no corría riesgo alguno.
Sé lo que me voy a encontrar más adelante: otro día exactamente igual que el anterior. ¿De forma apasionada? Bueno, amo a mi marido, lo cual es una garantía de que no voy a caer en una depresión por verme obligada a vivir con alguien sólo por cuestiones económicas, por los niños o por las apariencias.
Vivo en el país más seguro del mundo, todo en mi vida está en orden, soy una buena madre y esposa. Recibí una estricta educación protestante y trato de dársela a mis hijos. No doy ningún paso en falso porque sé que puedo echarlo todo a perder. Lo hago todo con la máxima eficiencia y con una implicación personal mínima. Cuando era más joven sufrí por amores no correspondidos, como cualquier persona normal.
Pero, desde que me casé, el tiempo se detuvo. Hasta que me encontré con ese maldito escritor y su respuesta. A ver, ¿qué hay de malo en la rutina o en el hastío?
Para ser honesta, absolutamente nada. Sólo...
...sólo el terror secreto a que todo cambie de un momento a otro, cogiéndome completamente desprevenida.
Desde el momento en que tuve ese pensamiento nefasto una mañana maravillosa, empecé a tener miedo. ¿Sería capaz de enfrentarme al mundo sola si mi marido muriese? Sí, me respondí a mí misma, porque su herencia sería suficiente para mantener a varias generaciones. Y si muriera yo, ¿quién cuidaría de mis hijos? Mi adorado marido. Aunque acabaría casándose con otra, porque es rico, encantador e inteligente. ¿Estarían mis hijos en buenas manos?
Mi primer paso fue tratar de responder a todas mis dudas. Y, cuantas más contestaba, más preguntas surgían: ¿se buscará una amante cuando yo sea vieja? ¿Tendrá ya a alguien?, porque no hacemos el amor como antes. ¿Pensará que tengo a alguien por no haber mostrado mucho interés en los últimos tres años?
Nunca discutimos por celos, y eso me parecía genial, pero a partir de aquella mañana de primavera empecé a sospechar que se trataba de una falta absoluta de amor por ambas partes.
Hice todo lo posible para no pensar más en el tema. Durante una semana, al salir del trabajo, iba a comprar algo a la rue du Rhône. Nada especial, pero al menos sentía, digamos, que algo estaba cambiando. Al necesitar alguna cosa que antes no necesitaba. Al descubrir un electrodoméstico que no conocía, aunque sea muy difícil que surja alguna novedad en el reino de los electrodomésticos. Evitaba entrar en tiendas para niños para no echar a perder a mis hijos con demasiados regalos. Tampoco iba a tiendas de productos para hombres para que mi marido no sospechara de mi exceso de generosidad.
Cuando llegaba a casa y entraba en el reino encantado de mi mundo particular, todo parecía maravilloso durante tres o cuatro horas, hasta que todos se iban a dormir. Entonces, poco a poco se fue instalando la pesadilla.
Pienso que la pasión es para los jóvenes y que su ausencia debe de ser normal a mi edad. No es eso lo que me asusta.
Hoy, algunos meses después, soy una mujer dividida entre el terror a que todo cambie y el terror a que todo siga igual el resto de mi vida. Alguna gente dice que, a medida que se acerca el verano, empezamos a tener ideas un poco raras, nos sentimos más pequeños porque pasamos más tiempo al aire libre y eso nos da la dimensión del mundo. El horizonte queda más lejos, más allá de las nubes y de las paredes de casa.
Puede ser. Pero no duermo bien, y no es por culpa del calor. Cuando llega la noche y nadie me ve, me asusto por todo: la vida, la muerte, el amor y su ausencia, el hecho de que todas las novedades se están convirtiendo en hábitos, la sensación de que estoy perdiendo los mejores años de mi vida en una rutina que va a seguir repitiéndose hasta que me muera, y el pánico a enfrentarme a lo desconocido, por más emocionante y aventurero que sea.
Naturalmente, trato de consolarme con el sufrimiento de los demás.
Enciendo el televisor, veo un telediario cualquiera. Escucho una gran cantidad de noticias sobre accidentes, damnificados por fenómenos naturales, refugiados. ¿Cuánta gente enferma hay en el planeta en este momento? ¿Cuántos sufren, en silencio o a gritos, injusticias y traiciones? ¿Cuántos pobres, desempleados y presos hay?
Cambio de canal. Veo una telenovela o una película y me distraigo durante unos minutos o durante unas horas. Me muero de miedo por si mi marido se despierta y me pregunta: «¿Qué pasa, mi amor?», porque tendría que contestarle que no pasa nada. Peor sería, tal como ocurrió dos o tres veces el mes pasado, si en cuanto nos acostásemos decidiera poner la mano en mi muslo, subirla muy lentamente hacia arriba y empezar a tocarme. Puedo fingir el orgasmo, ya lo he hecho muchas veces, pero no puedo simplemente decidir ponerme húmeda.
Tendría que decir que estoy exhausta, y él, sin confesar jamás que le fastidia, me daría un beso, se volvería hacia el otro lado, vería las últimas noticias en su tableta y esperaría al día siguiente. Y entonces yo rezaría para que estuviese cansado, muy cansado.
Pero no siempre es así. De vez en cuando tengo que tomar la iniciativa. No puedo rechazarlo dos noches seguidas o acabará buscándose una amante, y no quiero perderlo, de ninguna manera. Masturbándome un poco, puedo estar húmeda antes, y todo vuelve a la normalidad.
Todo vuelve a la normalidad significa «nada va a ser como antes», como cuando todavía éramos un misterio el uno para el otro. Mantener el mismo fuego después de 10 años de matrimonio me parece algo raro. Y cada vez que finjo placer con el sexo, me muero un poco por dentro. ¿Un poco? Creo que me estoy muriendo más deprisa de lo que pensaba.
Mis amigas piensan que tengo suerte, porque les miento diciéndoles que hacemos el amor con frecuencia, igual que ellas me mienten a mí diciendo que no saben cómo sus maridos pueden seguir sintiendo el mismo interés. Afirman que el sexo en el matrimonio sólo es placentero durante los cinco primeros años y que, a partir de entonces, es necesario un poco de «fantasía». Cerrar los ojos e imaginar que tu vecino está encima de ti, haciendo cosas que tu marido jamás se atrevería a hacer. Imaginar que te poseen él y tu marido al mismo tiempo, todas las perversiones posibles y todos los juegos prohibidos.
Hoy, al salir para llevar a los niños al colegio, me he quedado mirando a mi vecino. Nunca lo he imaginado encima de mí; prefiero pensar en un joven reportero que trabaja conmigo y aparenta un permanente estado de sufrimiento y soledad. Nunca lo he visto tratando de seducir a nadie y ahí radica, precisamente, su encanto. Todas las mujeres de la redacción han comentado alguna vez que «les gustaría cuidarlo, pobrecito». Pienso que él es consciente de ello y se conforma con ser un simple objeto de deseo, nada más. Tal vez siente lo mismo que yo: un miedo terrible a dar un paso adelante y estropearlo todo, su trabajo, su familia, su vida pasada y futura.
Pero en fin... Esta mañana he observado a mi vecino y he sentido muchas ganas de llorar. Él estaba lavando el coche y he pensado: «Mira, una persona como mi marido y como yo. Llegará un día en que haremos lo mismo. Los niños habrán crecido y se habrán mudado a otra ciudad o incluso a otro país, y nosotros estaremos jubilados lavando nuestros coches, aunque podamos pagar a alguien para que lo haga por nosotros». Sin embargo, después de cierta edad, es importante hacer cosas irrelevantes para pasar el tiempo, para demostrarles a los demás que nuestro cuerpo todavía funciona bien, que aún sabemos lo que es el dinero y que seguimos realizando ciertas tareas con humildad.
Un coche limpio no marcará una gran diferencia en el mundo. Pero esta mañana era lo único que le importaba a mi vecino. Él me ha deseado un buen día, ha sonreído y ha vuelto a su trabajo, como si cuidara de una escultura de Rodin.
Dejo el coche en un aparcamiento («¡Utilice el transporte público hasta el centro! ¡Basta de contaminar el medio ambiente!»), cojo el autobús de siempre y voy viendo las mismas cosas de camino al trabajo. Ginebra parece no haber cambiado nada desde que yo era una niña: las antiguas casas señoriales insisten en permanecer entre los edificios construidos por algún alcalde loco que descubrió la «nueva arquitectura» en la década de los años cincuenta.
Siempre que viajo echo esto de menos. Ese mal gusto, la falta de grandes torres de vidrio y acero, la ausencia de autovías, las raíces de árboles reventando el cemento de las aceras y haciéndonos tropezar todo el tiempo, los jardines públicos con misteriosas vallas de madera donde crece todo tipo de hierba, porque «la naturaleza es así»... En fin, una ciudad diferente de todas las demás que se han modernizado y que han perdido el encanto.
Aquí todavía damos los buenos días cuando nos cruzamos con un desconocido y decimos «hasta luego» al salir de una tienda en la que hemos comprado una botella de agua mineral, aunque no tengamos intención de volver nunca más. También hablamos con extraños en el autobús, aunque el resto del mundo piense que los suizos somos discretos y reservados.
¡Qué idea tan equivocada! Pero es bueno que piensen así, porque de esa manera podremos conservar nuestro estilo de vida durante cinco o seis siglos más, antes de que las invasiones bárbaras atraviesen los Alpes con sus maravillosos equipos electrónicos, pisos de habitaciones pequeñas y salones grandes para impresionar a los invitados, mujeres demasiado maquilladas, hombres que hablan demasiado alto y molestan a los vecinos, y adolescentes que se visten con rebeldía pero se mueren de miedo ante lo que su padre y su madre dicen.
Que piensen que sólo criamos vacas y producimos queso, chocolate y relojes. Que crean que hay un banco en cada esquina de Ginebra. No nos interesa lo más mínimo cambiar esa opinión. Somos felices sin las invasiones bárbaras. Estamos todos armados hasta los dientes; como el servicio militar es obligatorio, cada suizo tiene un rifle en casa, pero casi nunca se da el caso de que alguien decida dispararle a otra persona.
Somos felices sin cambiar nada desde hace siglos. Nos sentimos orgullosos de haber permanecido neutrales cuando Europa envió a sus hijos a guerras sin sentido. Nos alegra no tener que darle explicaciones a nadie sobre el aspecto poco atractivo de Ginebra, con sus cafés de finales del siglo XIX y sus señoras mayores caminando por la ciudad.
«Somos felices» tal vez sea una afirmación falsa. Todo el mundo es feliz menos yo, que en este momento me dirijo al trabajo pensando qué me pasa.
Un día más y otra vez el periódico se esfuerza por encontrar noticias interesantes más allá de los habituales accidentes de tráfico, atracos (sin ser a mano armada) e incendios (hacia donde se desplazan decenas de vehículos con personal altamente cualificado que inunda un viejo piso porque la humareda de un asado olvidado en el horno ha asustado a todo el mundo).
Otra vez de vuelta en casa, el placer de cocinar, la mesa puesta y la familia reunida en torno a ella, dando gracias a Dios por los alimentos que recibimos. Otra noche en la que, después de la cena, cada uno se va por su lado: el padre va a ayudar a sus hijos con los deberes, y la madre se encarga de limpiar la cocina, ordenar la casa y dejar el dinero para la asistenta, que vendrá por la mañana temprano.
Durante estos meses ha habido momentos en los que he estado muy bien. Creo que mi vida tiene sentido, que ese es el papel del ser humano en la Tierra. Los niños se dan cuenta de que su madre está en paz, el marido es más amable y cariñoso, y toda la casa parece tener luz propia. Somos un ejemplo de felicidad para el resto de la calle, de la ciudad, del estado (que aquí llamamos cantón), del país.
Y de repente, sin ninguna explicación razonable, me meto en la ducha y me saltan las lágrimas. Lloro en la ducha porque así nadie puede oír mis sollozos y hacerme la pregunta que más detesto oír: «¿Estás bien?».
Sí, ¿por qué no habría de estarlo? ¿Veis algo mal en mi vida? Nada. Sólo la noche que me aterra. El día que veo sin entusiasmo alguno. Las imágenes felices del pasado y las cosas que podrían haber sido y no fueron. El deseo de aventura jamás emprendido. El terror de no saber qué va a ser de mis hijos.
Y entonces mis pensamientos empiezan a girar en torno a las cosas negativas, siempre las mismas, como si un demonio estuviese al acecho en un rincón de la habitación, para saltar sobre mí y decirme que lo que yo llamaba felicidad era sólo un estado de ánimo pasajero que no podía durar mucho. Siempre lo has sabido, ¿verdad?
Quiero cambiar. Necesito cambiar. Hoy en el trabajo me he enfadado más que de costumbre sólo porque un becario ha tardado en encontrar el material que le había pedido. Yo no soy así, pero poco a poco estoy perdiendo contacto conmigo misma.
Es una tontería culpar a ese escritor y su entrevista. Eso fue hace meses. Él simplemente destapó la boca de un volcán que puede estallar en cualquier momento y sembrar muerte y destrucción a su alrededor. Si no hubiese sido él, habría sido una película, un libro, alguien con quien intercambié dos o tres palabras. Pienso que hay personas que pasan años dejando que la presión se acumule en su interior, sin darse cuenta, y un día cualquier tontería los hace perder la cabeza. Entonces dicen: «Basta. No lo soporto más».
Algunos se suicidan. Otros se divorcian. También están los que se marchan a las zonas pobres de África y tratan de salvar el mundo. Pero yo me conozco. Sé que mi única reacción va a ser reprimir lo que siento hasta que un cáncer me consuma por dentro. Porque realmente creo que gran parte de las enfermedades son el resultado de emociones reprimidas.
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